01
LIMINAL
Poema
No son los bosques,
ni las nubes ennegrecidas,
ni la lluvia sobre el lago embravecido.
No son los desiertos vastos,
tímidamente iluminados
por la luna detrás de un velo fino.
No es el mar en calma,
ni la brisa cálida,
ni las montañas pedregosas.
No es el fuego danzante de una fogata,
ni la música que suena de fondo,
ni el dolor físico, ni la gente.
Sobran los versos y los poemas,
las voces y su ruido,
la opresión constante y sus cadenas,
los recuerdos de todo lo que sostiene,
el anhelo de la vida y su sombra.
Sobran los sueños impuestos,
el hambre insaciable de parecer
para no ser menos;
las culpas, los culpables,
los amigos y esa presión repetida,
esa presión que vuelve,
que invalida lo que respira.
No son los bosques,
ni los desiertos,
ni el mar.
Son las voces que no existen,
el fuego improbable,
las casualidades que se cruzan
sin pedir permiso,
esas fatalidades que no alcanzan
a movernos del estado indócil,
casi inexistente,
de una libertad que no vive
en ningún lugar fuera de uno mismo.
Intoxicante, como condena
por desnudar el alma y la mente,
como tocar lo que no se puede tocar
sin arriesgar algo más que el cuerpo.
Y entonces queda eso que no se dice,
lo que sucede sin nombre,
lo que no cabe en el mundo cotidiano,
pero insiste, imposible, en existir,
junto al temor de no volver a encontrarlo,
jamás.
02
DERECHO
Poema
¿Qué derecho tengo yo
sobre algo que solo existe en mi cabeza?
¿Qué derecho tengo yo
a interrumpir su realidad
con algo que no existe en ninguna parte?
Las imágenes.
Las risas ebrias.
El narcótico de una droga
que no es de este mundo.
¿Qué derecho tengo yo, entonces,
a pedir un poco de su compañía
y a hacerle sentir culpa
por algo que solo existe un instante?
Es una droga perfecta:
me eleva,
me aturde
y luego me deja preguntándome
si no fue todo ilusorio —
imágenes,
fantasmas,
demonios—,
pero cuya abstinencia
desgarra peor que un amor roto.
¿Qué derecho tengo yo, entonces?
Solo a quedarme en silencio.
Alejarme
y esperar a ver si,
en algún momento,
esa droga me consume de nuevo…
hasta intoxicarme
y entregarme por completo
a una muerte terrible,
propia de esta tragedia.
O ver cómo jamás
me embriago otra vez de ese veneno,
y me entrego,
aletargado,
a esta abstinencia desgarradora:
vivo,
pero sumido en un dolor perpetuo,
retorciéndome en el recuerdo.
03
DIFERENTE
Poema
Tú no eres como ellas.
Eres una grieta en mi alma,
un fuego que los otros no miran,
porque solo ven la forma
y no la tormenta que ruge en su calma.
Lo que yo quiero no es eso.
Es saciarme con tus versos,
con tu voz que hace eco en mis adentros,
con la oscuridad que brilla en tu mente.
Esa que me deja sin aire,
que acelera mi pulso,
asfixia la cordura
y me libera,
por instantes.
Yo no sufro amores perdidos,
yo sufro por otros pesares;
ya con mi alma náufraga, perdida,
en los inviernos estivales,
en la tormenta de mis susurros.
Lo que tengo es sed y hambre.
Y no sé qué beber para evitar
el último sorbo que me consuma:
ese instante final
donde esta sed,
al fin saciada,
me arrastre más allá de los límites,
donde el deseo y la muerte
se confundan en la misma sombra.
04
SED
Poema
Tengo una sed insaciable,
una bestia que duerme en mí
como el tiempo enterrado en la calma;
una sed que, cuando despierta,
me rompe por dentro,
violenta y abrupta,
con la sequedad ardiéndome la lengua
y el hambre desgarrando mis ansias.
Es sed por tu sangre, por tus adentros,
por tu oscuridad y tu calma.
Tengo una sed insaciable,
no de agua, sino de sangre:
la que gotea de tus labios malditos,
la que apuñala mi pecho abierto
cuando mi mirada descansa en tu mirada.
Eres la fisura que me arde en el pecho,
la herida que no cierra,
el fuego que devoro,
la tormenta oscura
que ruge en la sombra de tu calma.
Quiero beber tus versos,
saciarme de tu voz que retumba en mis entrañas,
descender en la oscuridad de tu mente,
esa oscuridad que me quita el aire,
que acelera mi pulso,
que estrangula la cordura
y me libera,
por instantes.
Morder tus muñecas desnudas,
estrangularte despacio, lamer la herida,
saciarme de sangre y saliva,
de tu cuello transparente;
y saciar en mis labios la sed enceguecida,
perderme en la tempestad de tus susurros,
perderme en tu alma náufraga y perdida,
hasta que el latido se apague
y la sangre nos arrastre con su último latido
hacia esta muerte inevitable.
05
NECESIDAD
Poema
¡Qué porquería esto
de que, de la nada,
tenga una nueva necesidad!
¡Vivía tan bien antes de esto!
¿Qué parte de mi cuerpo
es la que la mantiene con vida?
¡Quiero golpearla,
cortarla,
adormecerla
o desangrarla!
Solo quiero leer un poco,
mirar alguna película,
cocinar algo
o lo que sea,
sin que esto interfiera en mis pensamientos,
desregule mis latidos
y me deje sometido
a algo que ni siquiera sabía que existía…
¡antes de ese día!
¡Qué porquería necesitarla
como si nada más existiera!
Ya no quiero pensarla,
ni sentirla,
ni escribirla.
¡Quiero borrarla de mi sistema!
¡Quiero apagarla!
Pero no puedo.
Pero no quiero.
06
POSESIÓN
Poema
Soy el amo de tu sangre.
Cruzo tu garganta como una promesa rota,
te reclamo entera: carne, mente, delirio,
y en la sombra donde tiemblas
siento el gusto de tu sumisión
deslizándose en mi boca
como un pacto que no te atreves a pronunciar.
Soy el amo de tu sangre.
Te tomo por la nuca, despacio,
como quien abre una puerta prohibida.
Tu calor late bajo mis dedos
y el gusto de tu herida
sube a mis labios,
ardiente, obsceno, dócil.
Te quiero abierta, rendida, perdida en mi oscuridad,
con la piel temblando por aquello que no confiesas.
Tu último aliento me pertenece.
Lo tomo sin dudar,
lo arranco de tu noche
para beberlo de un solo golpe.
Lo bebo en tu boca entreabierta,
mi lengua buscando tu miedo,
tu hambre, tu derrota.
Jadeas, cedes, caes,
y te arranco el alma como se arranca un gemido,
lento, profundo, irreversible como la muerte.
07
ANHEDONIA
Poema
Vivo rodeado de ruido,
pero dentro solo hay anhedonia.
Tengo cuanto quise,
y, sin embargo, me pudro por dentro.
Me odio por ser incapaz de sentir
hacia mí mismo algo más que desprecio.
Con la calma del que ya ha perdido,
con la rabia del que corre la mirada
cuando se mira al espejo.
No busco lástima.
Nada sacia ya mi sorpresa,
y mi mente sobrepiensa sin tregua
cómo atarme a la tierra.
Solo descanso cuando sueño con ella:
cuando me arranque de este plano,
me borre del lenguaje,
y no deje de mí
salvo el flujo escarlata
en mis muñecas,
ni el eco de un recuerdo,
ni la sombra de mi existencia.
08
BORDERLINE
Poema
Jugueteo en los límites.
En el filo.
En el temblor del instante previo a la caída.
Busco sentir la adrenalina de la muerte
sin dejar gotear la sangre de mi cuello,
sin romper el pacto frágil
entre mi sombra y mi carne.
Jugueteo en los límites autoimpuestos,
imprecisos,
oscilantes,
voraces.
En los bordes del alma,
de la locura,
de la razón que se resquebraja.
En los bordes de todo —
la moral, el deseo, el olvido—,
tan seguro de mí,
tan convencido de que puedo detener la ruina
solo con una mirada.
Y me río.
De las voces que me advierten,
de los ojos que me temen,
de la prudencia de los vivos.
Pero temo.
Temo el día en que tropiece,
en que los límites ilusorios
se disuelvan en mi frente,
y mi cuerpo no recuerde
cómo sostener al alma que huye.
Entonces
me verás sacudiendo el vacío,
desgarrado, transparente,
con el alma aún caliente
resbalando entre mis manos,
y la sangre,
esa brillante amante silenciosa,
subiendo por mis brazos
como si quisiera volver al corazón.
09
MAGRIB
Cuento
Cumplí hace poco treinta y nueve años.
No me siento más viejo, pero sí más despierto, como si algo dentro de mí se hubiese abierto.
Ya era el ocaso, y yo estaba de pie haciendo el salat del magrib. Mi recitación en voz alta comenzó a hacerse lenta, pesada, como si cada palabra cargara un cansancio ajeno. La respiración también.
De un momento a otro estaba en el suelo, sobre la alfombra, acostado.
Mis ojos seguían abiertos, pero no distinguían nada: solo un vacío gris mientras mis latidos se desordenaban, golpeando sin ritmo, como si intentaran escapar de mi pecho.
Un sueño espeso me cubrió la conciencia, y lo único que existía era mi boca reseca, mis dedos fríos y el sonido áspero de mi respiración, que parecía venir de otro cuerpo.
Estaba sobre la alfombra. Estaba sobre la nada.
No había ira, ni esperanza, ni siquiera miedo: solo un dolor profundo, lento, como una grieta formándose en mis adentros, y algo que se apagaba en silencio desde lo más hondo.
¿Olvidé tomar mi medicamento?
No… creo que tomé la pastilla. Las tomé. Todas.
El dolor se apagó de golpe.
Entonces escuché una voz en mi cabeza, una que no era mía, abriéndose paso como un cuchillo dentro de mis pensamientos.
Y después llegó el verdadero tormento: un tirón brutal, desgarrador, como si me arrancaran por dentro con las uñas, mientras mi alma era separada de mi carne a la fuerza.
Sentí mi cuerpo quedarse atrás, inútil, un cascarón vacío, y mi conciencia arrastrada hacia la muerte última, hacia ese umbral donde el suplicio o el albricio no son promesas, sino sentencia.
10
CORDILLERA
Cuento
En los cerros que rozan la cordillera, la gente a veces se pierde.
Algunos regresan golpeados.
Otros aparecen accidentados.
Pero hay quienes nunca vuelven.
Es como si los cerros los inhalaran.
Cuando mi esposa desapareció, supe que no era accidente.
Fui directo al árbol del que todos hablan y nadie se atreve a buscar: un espino gigantesco formado por troncos enredados entre sí, goteando una savia espesa, roja, como si sangrara lento desde siglos atrás.
Le hundí mi cuchillo con rabia.
Del tronco brotó algo oscuro, caliente, con olor metálico que me quemó la garganta. Las ramas se movieron. Me rodearon. Me arrastraron hacia un hueco de sombras. Pensé que iba a devorarme.
Pero afuera… algo llegó.
Escuché pasos húmedos… y el olor. Ese olor a carne podrida que te obliga a contener la respiración. Me asomé entre las ramas: uñas largas, afiladas, brillantes. Una sombra enorme arrastrando el torso de alguien. Solo el torso.
El monstruo desapareció entre la maleza sin verme.
El árbol me soltó, como si me hubiera estado escondiendo.
No soporté la idea. Corrí detrás del monstruo buscando venganza. Grité el nombre de mi esposa. Le grité a la noche. No quería justicia: quería su dolor.
La cosa se dio vuelta en un solo movimiento, imposible para cualquier ser vivo. Me tomó por el pecho. Me quebró el cuerpo como si fuera ramas secas. Y después me aplastó la cabeza con una roca, hasta que mi cráneo se abrió y mi cerebro quedó esparcido sobre la tierra.
El suelo se abrió en grietas profundas y tragó todo lo que quedaba de mí.
Ahora también me buscan.
Pero en estos cerros, lo que se pierde no regresa jamás.
11
MIEDO
Poema
¿Cuántos millones murieron violentamente
y sus espíritus jamás volvieron
a cobrar venganza?
Ni contra los soldados
que cortaron sus cuellos,
ni contra los reyes
que jugaron a ser dioses,
ni contra los psicópatas
que apilaron cuerpos
como mercancía podrida en sus bodegas.
Entonces,
¿por qué tiemblas
ante lo que nunca pudo defenderse?
¿Cuántos millones somos
destruyendo todo a nuestro paso:
consumiendo,
aplastando,
devorando?
¿Dónde está el ejército de demonios
enfrentándonos?
No lo has visto.
Nunca.
Solo ruidos inertes.
Sombras.
Muecas en el espejo
para que tu miedo tenga un juguete.
Satán, Lucifer:
el ángel caído,
una caricatura conveniente.
Le escupo en la cara
y me río.
El djinn, en cambio,
no necesita forma:
susurra.
Y ese susurro
se parece demasiado
al ego del hombre.
No te empuja:
te convence.
No se muestra:
se disfraza de pensamiento.
El único mal es humano:
egoísmo,
acumulación,
destrucción.
Sed de sangre
disfrazada de necesidad.
Hambre de arrebatar
lo que nunca se podrá reparar.
El enemigo es el hombre:
su oscuridad sin fondo,
su confusión hambrienta,
su goce de estar encima,
su capacidad de aplastar…
y dormir igual.
Y ahí se alimenta:
de nuestra debilidad.
La ignorancia.
La culpa de sangre.
Lo barato y fácil
que es humillarnos.
Caer de rodillas.
Dejar pisotear
nuestros cuellos.
Satán,
lapidado y escupido:
miedo de ignorantes,
consuelo de cobardes.
No.
El mal real se viste de corbata,
firma,
ordena,
y nos desprecia.
¡Malditos!
12
AUSENTE
Cuento
“La brisa tibia del verano
junto a las sombras danzantes de los árboles,
acarician mi sueño más profundo
y liberan los pensamientos más oscuros.
No tengo amores pendientes ni muertos que llorar,
en ataúdes llenos de polvo,
no tengo deudas impagas,
ni responsabilidades asfixiantes,
solo tengo unos pequeños rayos de sol en la cara,
una brisa cálida,
el sonido de las aves flotando despreocupadas,
no tengo hambre, ni sed, ni nostalgia.
Solo tengo unos pequeños rayos de sol en la cara
y una sonrisa que se esboza en los recuerdos más hermosos,
de mi niñez inviolentada”
Escribió en una hoja. La pegó en el diario mural de su curso, durante el recreo, y se fue a sentar solo, en un puesto de atrás.
Los demás se reían, gritaban, cantaban. Inventaban salidas y planes para más tarde. Pero él solo observaba. No es que lo molestaran, lo insultaran o lo pisotearan. Simplemente no existía.
Cuando el profesor entró a la sala para iniciar la clase, él se paró sin preguntar, se echó como siempre las manos al bolsillo y salió al patio, buscando las canchas de pasto. Allí, levantó la cabeza para sentir los rayos de sol en su cara. Y entonces, su mente se perdió para la eternidad.
13
CHARQUI
Poema
Oh, salvaje corcel,
que bajas de las montañas:
tierra de espinos y sangre joven derramada.
Sales de los bosques cordilleranos
y te internas en el mundo domesticado de los tiranos,
cuyos esclavos, creyéndose príncipes,
te miran con perplejidad desde sus ventanas
luego de que los despertaras con tus rítmicas pisadas.
No saben que el insomnio les carcome el alma
y les enloquece la rabia.
Ahora sus somníferos solo sirven
para que arrastren dormidas sus palabras
y se amanezcan ahogando su rostro entre las sábanas.
¡Ay, salvaje corcel!
Corre, salvaje e insolente,
antes de que aquel que te mira con recelo
corte tu galope
y te haga charqui… y “apetitoso”.
14
CONFESIÓN
Poema
¡He asesinado al hijo de mi madre!
¡He asesinado al hijo de mi padre!
¡He asesinado al hermano de mi hermana!
Al esposo de mi esposa.
Al padre de mis hijos.
¡He apagado el fuego incomensurable de mi pecho!
El deseo rendido de mi alma,
al yo, al nosotros, a las mascaradas remendadas.
He asesinado una idea con mi nombre
y, de paso, he golpeado a todos los que estaban a mi lado,
despiertos o aturdidos,
en paz o desesperados.
No quiero ser el asesino del hijo,
del esposo y el padre.
Solo quiero ser el asesino
de la voz que no se calla
cuando todo se queda callado.
16
CRIMEN
Poema
Desde dentro tengo un dolor que no mejora.
Por más que lo intento:
duermo,
me anestesio,
pero no se apaga.
¿Por qué cometí este crimen?
¿Por qué me dejé llevar por los deseos?
No debí comerte, morderte,
ni lamerte,
oh maldito completo,
hasta que me sacaran los puntos
de la herida que dejó esta muela
inerte.
Ya no sé si era kétchup o sangre,
pero en ese momento no importaba.
Oh, qué buena estuvo la palta
mezclada con la mayo casera y la mostaza.
Pero no.
Aunque hoy duela,
no me arrepiento.
Y asumiré,
mordiendo la gasa ensangrentada,
estos actos,
este precio,
este cachete inflado,
y esta sensación a muerte.
17
HUMILLACIÓN
Poema
Es tan grande el amor
hacia ti,
hacia los nuestros,
que ya no sé
si es por valentía,
cobardía
o desprecio hacia mi propio ego,
porque me permito
esta constante humillación
de silencios incómodos
y prejuicios.
Me exiges imposibles
mientras mi sudor no puede
contener más
de todo lo que te doy.
Me emplazas
como si debiera ser
un ser perfecto,
santo e inmaculado,
alejado de toda realidad,
para mantenerme
entre tus rayas.
Pero no te das cuenta
de que me estás despedazando,
y que la idea que tienes de mí
muere
si yo también muero.
15
SALVACIÓN
Poema
A veces no es la oscuridad,
ni los designios y males del mundo,
es la mente
que se enreda entre la realidad subyacente del ego
y el romanticismo puro del sosiego,
cuando todos corremos individualistas
sin pensar en el daño de nuestras pisadas.
A veces no es el día gris,
a veces no es la lluvia,
ni los vientos,
ni la violencia explícita de los dolores
tan comunes de la vida y el destino.
A veces es simplemente
el despertar dentro de uno mismo,
enceguecerse de los estímulos,
rendirse ante lo cotidiano,
mirarse desde afuera
y no encontrar dolor común,
pero tampoco sentido.
Es la desesperación de no entender,
de sentirse ajeno
en los laberintos propios de la mente.
De desgastarse en pensamientos
mientras el cuerpo acapara con dificultad
los trastornos propios
de la desrealización incómoda
de una existencia efímera.
A veces es simplemente que no entiendes,
eres ajeno,
y te pierdes en la nada.
La luz te ahoga,
las voces molestan
y solo…
solo quieres apagarte,
no,
solo quiero apagarme,
un rato,
para siempre,
sin hacer daño a nadie.
Y me atrapo
en un plano sin matices ni respuestas…
es el terror más profundo
de la existencia.
Pero entonces llegas tú,
y tu voz suave y calma
me devuelve a mis adentros,
tus abrazos cálidos me contienen,
el alma que se desconoce a sí misma,
y me reencuentro con el niño
que nunca se fue
y dejo de proteger,
de luchar
y de dudar,
y me entrego al cobijo
de tu pecho.
No es amor,
no es solo amor,
es la disolución perfecta
de mi alma en tu alma
a través de la sangre y la saliva.
De la piel,
los rasguños
y los abrazos,
donde olvido contar mis años
y los tuyos,
y te recuerdo eterna,
como hace decenios,
cuando me protegiste
de los infiernos más profundos de mi mente
y me devolviste la vida
con un abrazo.
No es amor,
no es solo amor.
Es la conjugación infinita de mi esencia
en algo que va más allá de la carne,
la sangre
y la vida misma.
Es mi esencia
en tu propia existencia.
La esperanza
que no sucumbe ante la muerte,
y el amor,
sí,
el amor que los demás
no entienden.